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Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

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Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Laerthes Adamantis el Jue Jul 23, 2015 4:31 pm

¡Surprais! XDDD

Bueno, pues hoy (23 de julio) es el cumple de Igor!user y yo que soy malvada, no le he dicho ni mú de que le estaba preparando una sorpresica XDDDD. La "sorpresica" debía ser de una o dos páginas y ha acabado ocupando seis y media :_D perdón por enrrollarme tanto XDDD.

Igor, espero que te guste tu regalico, ya puedo dejar de trollearte por el Telegram XDDDD.

PINTAS DE CERVEZA:

Demasiado calor. Esas temperaturas le ponían de un humor peor que el habitual, sobre todo cuando nadie las esperaba. ¿Quién hubiera pensado que rozarían los treinta grados en Londres? Aunque estuvieran en pleno agosto; era absurdo. Absurdo y molesto. Se le pegaba a la piel, le dejaba la boca seca y le hacía sentir fatigado en todo momento. No es que estuviera hecho un pimpollo pero, por Merlin, recorrerse el Callejón Diagon no es que fuera una caminata de horas, por muy lleno de gente que estuviera.

Había tenido que esquivar los ríos de alumnos y padres que, como cada año por esas fechas, iban a hacer las compras necesarias para el inicio del curso. Él mismo se había pasado por allí para tal fin ya que sus vacaciones pronto terminarían y necesitaba varias cosas que no podía encontrar en el que, salvo en época académica, era su entorno normal: el mundo muggle.
Desde la guerra, cortaba cualquier lazo con la magia en periodos vacacionales y, si todavía seguía en su puesto como profesor en Hogwarts era, tal vez, por puro hábito. Y porque McGonagall le pedía cada año que no lo dejara: no era fácil encontrar un buen profesor de Estudios Muggles.

Vestía con un pantalón de pinza color beige y una camisa blanca de manga corta. En el bolsillo izquierdo ocultaba su varita; en el derecho, portaba sus compras reducidas: un juego de plumas y tintero, un par de túnicas, un caldero nuevo e ingredientes de sobra para la poción que solía elaborar para su cabello, que no había cambiado en años. Aún era rubio, lacio, sedoso y largo. No podía decir lo mismo de su rostro.

Los años no perdonaban y las preocupaciones tampoco. No tenía muchas en la actualidad pero sí fueron numerosas años atrás y dejaron huella en forma de ligeras arrugas junto a los ojos y en el entrecejo. Tampoco le preocupaba. La guerra le cambiaba a uno y eso era inevitable.

Pero la guerra quedaba ya muy atrás; tan atrás que sus alumnos de primer y segundo curso no la recordaban y, para los de quinto en adelante, era solo un recuerdo de su niñez. No para él. Laerthes aún soñaba con lo sucedido nueve años atrás. Todavía recordaba el acontecimiento que lo desencadenó todo: el cuerpo sin vida de Albus Dumbledore bajo la torre de astronomía. Intentaba no pensar en ello muy a menudo, pero los inicios de curso siempre le traían recuerdos amargos que trataba de ahogar como mejor sabía: con una buena pinta de Guinness en el pub muggle más cercano.

Fue allí hacia donde se dirigió, directo, en cuanto salió por la puerta de El Caldero Chorreante.



Le gustaba el lugar por lo apacible. Nunca faltaba clientela pero eran, por lo general, silenciosos. El dueño era un tipo grueso con cara de bonachón que no ponía mala cara en las pocas ocasiones en las que Laerthes aparecía por allí acompañado. O se buscaba compañía, todo sea dicho. Y su señora hacía la mejor poutine de todo Londres.

El sonido de las campanillas anunciaron su presencia en cuanto abrió la puerta. Echó un vistazo alrededor. El lugar no había cambiado en todos esos años. Había una barra con taburetes al fondo y algunas mesas con bancos de respaldo alto que daban intimidad a sus ocupantes. Alguna que otra vez se le habían ido las manos con un ligue ocasional en uno de aquellos; pero de la última, hacía ya bastante tiempo.

Saludó al dueño que, aburrido, secaba unos cuantos vasos con un trapo.

—¿Qué hay, Larry? ¿Te sirvo lo de siempre?

—Haz el favor.

Mientras el hombre secaba un nuevo vaso y lo llenaba del oscuro líquido, Laerthes tomó asiento en uno de los taburetes, frente a la gran pantalla de televisión y junto a otro cliente al que ni prestó atención. Mientras esperaba su cerveza fijó la atención en las noticias que en ese momento estaban retransmitiendo. Se sucedían imágenes de un terremoto que había dejado en jaque a Perú y tras la cobertura de dicha noticia, los presentadores pasaron a detallar los desastrosos datos de economía mundial.

—Nos vamos a la mierda, amigo —oyó decir al dueño del local, al tiempo que dejaba la pinta sobre un posavasos frente a él, acompañada de un pequeño cuenco con patatas fritas.

Laerthes no hizo comentario alguno. ¿Qué sabía él sobre irse a la mierda? ¿Un terremoto? ¿Crisis económica? La gente no mágica tendía a pensar que el mundo estaba a punto de explotar por cosas así y no tenía la más mínima idea de lo cerca que estuvo en realidad nueve años atrás. Laerthes sí lo sabía. Lo sabía y había luchado para evitarlo. Ese muggle, con su redonda barriga, no tenía ni idea. Llevaba más de veinte años secando vasos y sirviendo cervezas.

No pudo reprimir un resoplido que, curiosamente, fue coreado por el tipo sentado a su izquierda.

Fue entonces cuando lo notó. Un olor extraño y familiar al mismo tiempo. Como a ceniza. Como a...

«Polvos Flu».

El descubrimiento le hizo alzar la vista y fijarla en él. Era la primera vez que se encontraba con un mago allí y, en un primer vistazo, pudo suponer que no tenía costumbre de mezclarse con muggles.

Su ropa podía pasar por la de un anciano medio loco pero su rostro correspondía al de alguien que aún no llegaba a la treintena. Alguien que, por cierto, le resultaba muy familiar.

—Klevov.

Lo pensó en voz alta y ya era tarde cuando quiso acallar la idea, porque acababa de girarse y le miraba fijamente. Por un segundo se aferró a la esperanza de que su antiguo alumno no le reconociera, pero su expresión le dijo que no tenía esa suerte.

Si Laerthes estaba cambiado, Igor estaba casi irreconocible. Le delataron los ojos claros y esa mirada perdida suya, pero por lo demás podría haber pasado por una persona distinta. Llevaba el pelo largo recogido en una cola baja. Se le notaba áspero y estropeado. Su rostro, aunque aún lucía hermoso, reflejaba el desgaste que sufría cada luna llena. El mentón estaba oculto bajo una barba corta mal cuidada. Había un par de cicatrices no muy notables: una diminuta en el labio superior y otra, un poco más grande, bajo la oreja derecha. Tenía la espalda encorvada y le temblaban un poco las manos: el plenilunio sería esa misma semana. Sus ojos reflejaban cansancio.

—Eh, amigo. ¡Amigo! —Los gruesos dedos del dueño del local, al chasquearse frente a él, hicieron dar un respingo a Igor—. ¿Piensa pagar eso? Porque lleva ahí como un pasmarote cuarenta minutos y me da igual que ni lo haya tocado.

El joven se removió nervioso en su asiento y extrajo un puñado de monedas del gastado pantalón vaquero que llevaba. Unos pocos sickles.

—¿Con qué piensa pagarme, eh? Aquí solo aceptamos libras.

—Déjalo, Ted. —Laerthes sacó un billete de diez de su cartera y lo dejó sobre la barra con un golpe seco—. Cóbrate lo de los dos, ¿vale?

—Bah. Por eso no me gusta servir a mendigos.

—Tranquilo, ya me hago cargo yo. Es un... viejo amigo.

“Viejo amigo”. Ese término no podía estar más alejado de lo que en realidad eran, si es que eran algo. Nunca fueron amigos. Ni amantes. Y el término “conocidos” se les llegó a quedar corto en algún punto de su extraña relación, que tampoco fue estrictamente académica a partir de cierta mañana en las mazmorras.

Fue justo por esa falta de un término que describiera con exactitud lo que había (o no había) entre ellos, que durante un buen rato se observaron sin nada que decir, sin saber cómo dirigirse al otro. Fue Igor el que quiso romper el hielo de alguna forma.

—Gracias por la cerveza. Nunca me acuerdo de... de coger dinero.

—No hay que darlas. Es... raro verte aquí.

Igor bajó la vista y juntó los dedos a su vaso. A pesar del calor que hacía, llevaba una rebeca desgastada y parecía estar aterido.

—Ya, hm...

Guardó silencio una vez más y Laerthes echó un vistazo a Ted que, de espaldas a ellos, prestaba atención a las noticias deportivas.

Saltaba a la vista que, desde que terminara sus estudios, Igor no se había apartado del mundo mágico. No le extrañaba, dadas las circunstancias, y no quería que se le escapara ningún comentario inadecuado delante del barman. Dio un sorbo a su pinta y se puso de pie.

—¿Quieres...?

En lugar de terminar la pregunta, señaló con la cabeza una de las mesas. En ese momento había poca clientela y la disposición de las mismas podía ofrecerles la intimidad que dos magos en mitad de un pub muggle podían necesitar. Igor, indeciso, acabó asintiendo y ambos se dirigieron al lugar vacío más apartado.

Se sentaron uno frente a otro y durante un rato Laerthes se dedicó a beber en silencio e Igor, a calentarse los dedos con el vaso.

—Se te ha quedado fría—anunció el profesor.

—Ah, sí —replicó Igor, y sin embargo siguió sin probarla—. En realidad... no me gusta, es demasiado amarga.

Laerthes rodó los ojos y, sin mediar palabra, se acercó la jarra a su lado de la mesa. A cambio, le cedió sus patatas fritas.

—Menuda cogorza voy a coger por tu culpa.



El ambiente podía cortarse con cuchillo. Las últimas palabras que aquellos dos intercambiaron fue la promesa de una buena borrachera por parte de Laerthes que no llegó a ser tal. Una pinta era para él como beberse un vaso de zumo de calabaza. Dos, le mareaban un poco y le soltaban la lengua, poco más. Y ni siquiera se las había bebido rápido, por lo que la situación se alargaba ya bastante.

No solían gustarle los acompañantes parlanchines pero hasta para él era incómodo pasarse casi una hora frente a alguien que no hablaba nada en absoluto. Al principio le ignoró, pero conforme fueron pasando los minutos, empezó a impacientarse. Y, al término de la segunda cerveza, decidió que, ya que había sido tan mal compañero en ese rato, al menos le arrancaría un par de sílabas antes de marcharse.

—Además de haberte olvidado de todo lo que te enseñé en mi clase, ¿también te has olvidado de hablar?

—No... No, profesor —se apresuró a responder Igor. Sus mejillas se veían un poco rojas bajo la barba.

—Ya no soy tu profesor; llámame Laerthes, ¿quieres? —dijo, con su acostumbrado tono cortante—. En fin, ¿cómo estás?

—Bien.

—No lo parece.

—No, bueno. Ya sabe, la luna...

—Oh, cierto —recordó Laerthes. Tenía la costumbre de controlar las fases lunares; a él no le hacía falta, pero era un hábito adquirido tiempo atrás que no abandonaba por alguna razón—. Y... ¿cómo lo llevas?

Igor comprendió a la perfección a qué se refería.

—N-no muy bien. Sin la poción de... —carraspeó un poco—. Cada luna es peor —susurró.

—¿No te llegó a enseñar Severus a hacerla?

Al hacer esa pregunta y por primera vez desde que se reencontraran, hubo algo en los ojos de Igor. Una llama se encendió tan fuerte que asustó a Laerthes, y su expresión demudó durante un momento al odio más recalcitrante.

—No pronuncie ese nombre, por favor.

Aquello le sorprendió muchísimo. Igor tiró de las mangas de su rebeca y ocultó los dedos en ellas durante un momento mientras evitaba la mirada del profesor. Tenía la frente perlada de algunas gotitas de sudor y se mordía el labio con disimulo, sin abandonar todavía aquella mirada.

«No puede ser», pensó. Y al mismo tiempo se dio cuenta de que sí podía ser. De que todo el cuerpo de Igor ahora destilaba un odio que solo podía provocar aquello que vivió en su último año en Hogwarts.

Snape ni siquiera le dio una explicación. Igor fue a su puerta aquella noche, la noche que Dumbledore cayó desde la torre de Astronomía. La aporreó, exigiendo respuestas, y a cambio solo obtuvo dolor cuando Severus en persona le torturó con la maldición Cruciatus. Fue cruel y extremo. Fue justo lo que Igor necesitaba para alejarse de él para siempre.

Laerthes se cubrió la cara con las manos, los dedos bajo sus gafas de montura fina. Suspiró. Debía decírselo. El chico merecía saberlo.

—Igor... Severus trabajaba para la Orden. Mató a Dumbledore porque él mismo se lo pidió, para ganarse el favor del Señor Oscuro y ayudar a Potter en su búsqueda de los Horrocruxes. Severus se sacrificó para que la varita de saúco jamás perteneciera a... Voldemort.

Pronunció ese nombre con el respeto que, aún entonces, provocaba en casi todos los magos. Aprendió a no temerle pero aún se le erizaba el vello de la nuca ante ese sonido. Y habría provocado un escalofrío semejante en Igor de no encontrarse este casi en estado de shock. Escuchó las palabras de Laerthes con los ojos cada vez más abiertos y, al terminar, tenía los dedos clavados en la superficie de madera de la mesa y los nudillos blancos.

—No es verdad —gimió—, dígame que no es verdad.

—Lo es, Igor. Me dejó un recuerdo... aún lo tengo —confesó.

—P-pero los libros de historia...

—Los libros de historia solo reconocen a un héroe, pero hubo más.

—¡Pero yo...! —Igor se detuvo al darse cuenta de que acababa de alzar la voz. Se encogió un poco sobre sí mismo—. Lo que me hizo...

Ante su total estupefacción, los ojos de Igor se anegaron de lágrimas y sus mejillas se humedecieron mientras mantenía la mandíbula apretada. Trató de secarse los ojos con la manga de su rebeca, en un gesto cargado de ira y, cuando bajó la cabeza y se ocultó tras sus palmas en la frente, Laerthes creyó comprenderlo todo.

—Por Merlín, estabas enamorado de él.

—¡No! No lo estaba pero... el profesor Snape fue... especial.

—Ya.

—Le odié. Le odié tanto por...

—Ahora ya sabes que no tuvo elección.

—¡Claro que la tuvo! Pudo... pudo decírmelo, pudo, no sé...

Las lágrimas no parecían tener fin; Laerthes comprendió que era una época delicada, pero eso no hizo que le resultara más cómodo. Al final resopló de mala gana y le acercó una de las servilletas dispuestas sobre la mesa para los comensales. Igor se secó los ojos como mejor pudo.

—Lo siento, profesor... Laerthes. Fue un golpe muy duro y... ahora...

—Ya, ya. No seas dramático, Igor.

Este emitió una carcajada triste, descreída. Alzó la mirada empañada hacia sus ojos y Laerthes recordó, por un instante, al muchacho de diecisiete años que, todo sensualidad, le miraba de esa misma forma.

En realidad sabía muy bien cómo se sentía porque él se sintió parecido. Severus llegó a ejercer en él cierto magnetismo. No era amor: Laerthes no tenía esa capacidad. Pero llegó a quererle muy a su modo. Se entendían bien, con o sin Igor en medio. Y pudo llegar a comprender que era recíproco, porque, cuando ascendió a director, le quiso a su lado. De la forma retorcida y enferma que solo alguien como el hombre que figuraba ser ante Voldemort podía quererle. Cuando encontró ese vial lleno de algo ni líquido ni gaseoso entre sus sábanas, sucumbió a un buen montón de sentimientos enfrentados. Alivio por saber que, al final, había puesto su confianza en el hombre correcto. Odio porque no fue capaz de encontrar el modo de apartarle de aquel horror sin resultar sospechoso. Anhelo, porque comprendió que nunca tendría la oportunidad de decirle que todo estaba perdonado. Sí, de algún modo, Severus y la guerra habían conseguido sacar a relucir el corazón que anidaba en el pecho de Laerthes, aunque con los años volviera a ocultarlo bajo llave.



Las cervezas ya se habían terminado, los clientes del pub cambiaron y ellos seguían allí. Poco más les quedaba por hacer y por hablar; el resto era perder el tiempo. Y aunque en ese momento les sobraba, Igor decidió que podía emplearlo en algo más interesante que en sentirse incómodo frente al que antaño fue su profesor.

—Gracias por invitarme... Laerthes —dijo, tras levantarse de la mesa—. Y por, bueno...

No terminó la frase. Carraspeó, se mordió el labio y tamborileó distraído con los dedos sobre la mesa. Le miró a los ojos apenas unos segundos y apartó la mano. Ahora se avergonzaba por la escenita. Su humor siempre era cambiante en esos días y lo odiaba, pero el descubrimiento con respecto a su antiguo amante no era para menos.

—Ya nos veremos.

Lo dijo por decir. No se habían visto en nueve años y él estaba en Londres por un asunto puntual. En realidad, dudaba que se volvieran a encontrar. Y no sabía si eso le aliviaba o le apenaba. En realidad, algo en el fondo de su mente le empujaba a alargar esa reunión improvisada. Después del descubrimiento sobre Snape quería saber más. ¿Le dejó algún otro recuerdo a Laerthes? Le había dicho que conservaba uno, ¿tendría un pensadero para consultarlo de cuando en cuando? Entre esas preguntas aparecieron también otras en su mente que nada tenían que ver con su antiguo profesor y amante: ¿aún sería Laerthes tan capullo como antaño? Igor se sorprendió pensando que no le importaría descubrirlo. Por eso prefirió poner distancia de por medio lo antes posible, antes de que pudiera arrepentirse. Ya se disponía a ello cuando una mano le agarró de la muñeca.

—Espera.

Igor se giró para mirarle. Parecía contrariado y algo sorprendido, como si no hubiera pensado mucho su acción. Así era, en realidad. Laerthes no tenía muy claro por qué, pero no le apetecía que aquello quedase como un encuentro aislado y fortuito.

—¿Te vas a casa?

—Sí —replicó el otro, algo frío.

—¿Cómo?

Igor encogió los hombros.

—Me quedan polvos flu. Aparecerme en esta época me agota.

—Claro.

Aún le sujetaba la muñeca y, durante unos segundos, Laerthes clavó la mirada en él. Era una mirada cargada de recuerdos, intensa. Igor no fue capaz de apartar la suya.

—Me mudé aquí, a Londres. No vivo lejos.

Igor alzó las cejas. No recordaba a Laerthes tan sutil.

—¿Me está proponiendo lo que yo pienso?

—Sí.

La respuesta, tan directa y acompañada de esa mirada intensa que no habían interrumpido, casi hizo trastabillar a Igor. Sintió que su corazón daba un vuelco y sus mejillas se cubrieron de cierto rubor al recordar tiempos pasados. Tiempos en los que sus instintos más primarios se hacían con el control y sacaban al lobo a la superficie. Igual que ahora.

Porque si bien ni una sola vez en esos nueve años le había echado de menos, lo cierto era que Igor no había encontrado un amante tan bueno como lo fueron Laerthes y Severus. Y porque se acercaba la luna llena, necesitaba saciar al lobo y el agarre en su muñeca quemaba.

Se inclinó un poco y sonrió de medio lado.

—Reconozco que es lo último que esperaba, profesor.



El aroma a hierba quemada y a tabaco flotaba en la estancia, mezclado con el del sudor y el sexo. Las volutas de humo procedentes del cigarro de Laerthes se deshacían en cuanto ascendían un poco, llevadas por el viento que, en el techo, provocaban las aspas del ventilador. Igor lo observaba hipnotizado: era la primera vez que veía uno.

Afuera, el calor había decidido dar algo de tregua y hacía rato que había oscurecido.

—Si sigues mirándolo te marearás.

Igor emitió una risa queda y apartó la vista.

—Igual que usted.

—¿Yo? —Laerthes levantó un poco la mano con la que sujetaba el cigarro de talassaria—. Esto solo relaja.

Como si quisiera confirmarlo, Igor lo tomó entre los dedos, dio una calada corta y se lo devolvió, dejándoselo en los labios. En cuanto sintió el humo en los pulmones tosió un par de veces: no estaba acostumbrado.

—Es mayor para estas cosas, Laerthes.

—Nunca. Y, por Merlín, acabo de follarte. Podrías tener la decencia de tutearme.

—La costumbre. Además... usted aún me impone.

Laerthes se giró para mirarle con el ceño fruncido, pero suavizó la expresión en el mismo momento en que vio la sonrisa pícara del otro. Estaba jugando con él, no había duda. Y para apoyar sus palabras, Igor se movió hasta rozar con la punta del dedo algo metálico que aún pendía del cabecero de la cama. Un rato atrás, sus muñecas estaban aprisionadas con aquello; “esposas”, le había dicho que se llamaban. No cabía duda de que Laerthes vivía al estilo muggle: Igor recordaba lo bien que se le daba el hechizo Incarcero. Pero las esposas tampoco estaban mal, aunque ahora le escocieran las muñecas.

Respiró hondo y se acurrucó a su lado. Tenía que volver a casa pero la pereza era mayor y, bueno, tampoco había nadie esperándole.

—¿Piensas quedarte? —preguntó Laerthes sin más, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Empezaba a planteármelo.

—¿Con permiso de quién?

—Ya no eres mi profesor —replicó Igor con tono insolente, imitando las mismas palabras que le dijera Laerthes por la tarde.

Este sonrió, satisfecho con su respuesta. Y, como si quisiera recompensarle por ella, se giró y le besó en los labios. Igor notó el sabor a tabaco y a talassaria.

—Eh, Igor —llamó el mayor. Esperó a que le prestara atención para continuar—.  Podríamos repetir esto.

La sugerencia dejó sin habla al más joven durante un momento. Se había sorprendido, no podía negarlo. No era algo que se hubiera planteado al aceptar ir a su casa; tampoco lo contrario, en todo caso.

—¿Por qué? —preguntó. Laerthes se encogió de hombros.

—Porque follas bien. Porque a mí no tienes nada que ocultarme. Porque, hm... a veces me siento solo. Y tú también.

—Estás colocado.

—Un poco.

Igor rió sin ganas. Lo peor de todo era que tenía razón. En todo lo que había dicho, pero sobre todo en lo último: se sentía solo. Cuando terminó los estudios volvió a casa y aprendió el oficio de su padre. Aún era joven pero envejeció pronto y murió de madrugada, durmiendo, seis años después.

Casi no tenía amigos. Se buscaba amantes ocasionales que no duraban: no solo no aguantaban su ritmo sino que, al primer síntoma de “enfermedad”, desaparecían. Sobre todo las mujeres. Hubo un hombre que aguantó con él un par de lunas pero también se fue y, al final, acabó olvidándose de la idea de tener pareja. ¿Para qué? Nunca llegó a enamorarse y, con satisfacerse en las noches previas a la luna llena, tenía suficiente.

—Bueno, durante nueve meses estás en Hogwarts. Creo que no tendríamos futuro. Pero podemos vernos en vacaciones.

Lo dijo medio en broma. Aún no sabía qué decir ni tampoco tenía claras las intenciones de Laerthes, por lo que la excusa de Hogwarts le vino de perlas para no tener que rechazarle ni tampoco aceptarle. No se acordaba de que rara vez el profesor se quedaba sin respuestas para todo.

—En realidad, Horace está deseando jubilarse, ¿sabes? Y la licencia de docente la da el Ministerio con un examen no mucho más difícil que el de los EXTASIS.

Igor se incorporó y le miró sorprendido.

—No hay duda, estás colocado.

—Puede.



El bullicio era el mismo de todos los años cada uno de septiembre. Carros cargados de maletas y baúles, jaulas con lechuzas, cestas con gatos, túnicas, gorros puntiagudos, carreras y gritos por doquier. Acababa de atravesar el andén 9 y ¾ y a Laerthes ya le dolía la cabeza. Observó a su alrededor. Por todo el andén se repetían las mismas escenas de despedida: abrazos, pellizcos en las mejillas, lágrimas. Incluso junto del vagón de los profesores había alguna que otra pareja amorosa dándose los últimos arrumacos. A él, como de costumbre, nadie le despedía.
Así que, en un intento de huir del griterío reinante, subió al tren antes que nadie, entró en el compartimento de siempre y, tras asegurar su maleta en el portaequipajes, se dejó caer al asiento, perezoso.

Cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz por debajo de las gafas. Ahí, al menos, el sonido del exterior llegaba amortiguado. No había dormido demasiado, ultimando sus preparativos para el nuevo curso, y lo cierto era que ahora se encontraba cansado. Echaría una cabezada en cuanto el tren se pusiera en marcha.

No supo en qué momento se quedó dormido. Antes de lo que pretendía, desde luego. Fueron solo unos minutos en los que cayó en un sueño bastante profundo que se interrumpió con el sonido de la puerta.

Sobresaltado, fijó la vista en el nuevo ocupante del compartimento.

Con el mentón bien afeitado, el pelo recién cortado y una túnica nueva, Igor tenía mucho mejor aspecto que la última vez. Sonrió y se juntó un poco más a la ventana en una muda invitación para que tomara asiento a su lado.

—Bienvenido, profesor Klevov.

La risa del nuevo profesor de pociones quedó silenciada por el ruido de la locomotora al iniciar los motores. Y el expreso de Hogwarts partió hacia un nuevo curso que, sin duda, prometía no ser tan aburrido.

FIN

Espero que te haya gustado, cosa fea, ¡y que cumplas muchos más!
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Igor Klevov el Jue Jul 23, 2015 10:46 pm

Habla Igor!user:

Ya te lo he dicho por privado, pero es que no encuentro palabras para describir la ilusión que me ha hecho leer esto. Primero, porque son nuestros personajes y segundo, porque me encanta cómo escribes, has clavado a Igor y veo perfectamente factible que su futuro fuera así. También, qué te voy a decir, no me lo esperaba para nada y es un gusto encontrarse regalos tan bonitos como éste.

¡Muchísimas gracias, de verdad! ¡Casi haces que llore de la emoción porque me has pillado por completo desprevenida! Eres genial!!!! *O*
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Laerthes Adamantis el Vie Jul 24, 2015 3:22 am

Yo lo que aún no entiendo es cómo no me viste el plumero XDDDD ¡pero si me puse a preguntarte cosas de Igor a saco y sin venir a qué! Jajajaja
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Severus Snape el Vie Jul 24, 2015 8:49 am

Yo si que lo sabía y me encanta que el Snape que llevo salga en el relato de alguna manera, así que debo darte las gracias también de rebote. Este domingo tendré que achucharte o algo Lae <3
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Igor Klevov el Vie Jul 24, 2015 9:37 am

¡Pues juro que no me di cuenta! Peo ni suponerlo, vaya, así que la sorpresa ha sido doblemente gratificante. ¡Miles de gracias, de verdad! *O*

Severus, las manos quietecitas que eres mío y punto >_<
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Laerthes Adamantis el Vie Jul 24, 2015 11:51 am

Igor está celoso~
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

Mensaje por Severus Snape el Vie Jul 24, 2015 2:56 pm

Si lo está, si.
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Re: Regalo de cumpleaños para Igor <3 [relato ¿+16?]

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